Misionero
Caminando a paso lento
encorvado por el tiempo, por los años y la fatiga,
lentamente y paso a paso,
como árbol en otoño dejando caer sus hojas;
aquel viejo misionero cruzaba entre las sombras,
hacia una isla desconocida,
cual nube perdida en el cielo,
para llegar hasta aquel rancho,
donde le esperaban otros misioneros.
Caminate turbulento, como mar en gran duelo,
cruzaba aquellos caminos, largos, tenebrosos, estupendos.
No dejaba que sus largos dedos soltaran ese rosario
y entre piedra y piedra, le pedía al cielo,
que si su destino era la muerte,
en aquel momento le diera el valor de seguir pidiendo.
Los árboles y la maleza de aquella tierra desconocida,
grandes árboles encorvados como ese viejo misionero, grandes animales que él iba viendo,
cruzaban de lado a lado aquel embarrealado camino
y con ojos suplicantes al cielo,
ese viejo pedía su cuido.
Alma dulce como sueño eterno,
alma blanca como nublado cielo,
alma pura como pura era su mirada al cielo.
Ese caminante sin destino ya cierto, consumido en la tristeza
porque no llegaban a su encuentro.
¡Clemencia! ¡Plegarias oraba su alma al firmamento!
Hojas grandes y pequeñas se aplastaban
con cada paso que daba el misionero.
Ya las sombras de aquella tierra
se despistaban con las lágrimas del viejo.
Ya los murmullos de los tallos
de aquellas flores como para muerto,
despejaban la cansada vista del misionero.
Y aquel rosario no abandonaba sus manos,
seguía pendiente escuchando plegarias,
seguía entonando místicamente su voz
para que, algún día, fuera rescatado el viejo por su dios.
Mientras las sombras dispersas
corrían lejos del misionero, una sombra en el suelo asustó a aquel humilde siervo.
La luz ya aparecía,
la selva había quedado atrás,
aquella luz divina, en respuesta a sus oraciones,
era la luz solar.
Era tarde pero de día, era largo más no imposible,
aquel misionero había encontrado
su destino más buscado.
A lo lejos ya se oía,
como sus amigos misioneros
festejaban su venida.
Viejo misionero,
con rosario en mano agradeciendo al cielo,
alabó con su mirada la grandeza de su dios;
que sin objetarle su miedo a las sombras de la selva
le había rescatado como levantar una flor.

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